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Para nadie es novedad que la tragedia de Chaitén arrastra consigo el drama humano que implica la pérdida total de una ciudad llena de historia y belleza natural. Las imágenes de la localidad bajo el barro son una señal clara de que no debemos correr el riesgo de repoblar una zona que está en constante riesgo de ser vulnerada por acción de la naturaleza.
En tres meses más, -en agosto- los habitantes de Chaitén, según orden gubernamental, podrán volver a sus casas. En tres meses, sólo si el macizo deja de arrojar ceniza y cesa efectivamente su actividad. De lo contrario; y tras el aluvión de ceniza y lodo que hoy cubre casi la totalidad de su extensión, lo único que queda por hacer es trasladar la ciudad a un lugar seguro. Sólo dos semanas lleva el debate de cuál será el mejor destino para los habitantes de Chaitén. Si bien el Gobierno anunció el llamado Plan Chaitén, en el que se otorgó a los refugiados un bono de 200 mil pesos, más 20 mil por carga familiar, la calma está lejos de llegar. Muy por el contrario, las dudas han aumentado debido a la incertidumbre que provoca el no saber el destino final de una ciudad que hasta hace un mes alardeaba ser una de las más seguras, tranquilas y bellas del país. Todos coinciden sí, en que lo que verdaderamente importa ahora es saber cómo y dónde van a reubicar la nueva Chaitén. Tema no menor que divide a la opinión pública y a los directamente afectados, que mantiene su esperanza de volver a repoblar la misma geografía que los cobijó durante años. Sin embargo, son muchas las posibilidades que se barajan. Hasta hace dos semanas se hablaba de acogerlos en las mismas ciudades que los albergan, es decir Puerto Montt, Osorno y Chiloé, La semana pasada se habló de expropiar terreno al empresario ecologista Douglas Tompkins. Tierras que serían tomadas de su Santuario de la Naturaleza, y que despertó la venia de sus detractores. Sin embargo, tanto ecologistas como expertos advierten que la cercanía y peligrosidad con el volcán sería la misma. Descartadas ambas teorías, el Gobierno redireccionó la mirada y hoy una pequeña localidad llamada Ayacara suena como la mejor alternativa para reubicar el nuevo Chaitén. La zona está en la mira de las autoridades desde que detectaron que la ceniza del volcán ni siquiera rozó a los 500 habitantes que hoy hacen patria en similares condiciones que los chaiteninos. Similares condiciones que nos llevan a las mismas interrogantes sobre debates anteriores. Ubicada a 80 kilómetros al noroeste del evacuado Chaitén, Ayacara es de por sí un lugar seguro para refugiarse del temido volcán, pero como el resto de la provincia tiene problemas de conectividad, y su cercanía al mar es un peligro de por sí. Asimismo, se trata de una pequeña caleta, que si bien cuenta con luz eléctrica, varias escuelas básicas y el único liceo ambiental del país, no existe una infraestructura para soportar a los más de 5 mil habitantes que tenía Chaitén, el pueblo no cuenta con agua potable ni alcantarillado. De la misma manera el trabajo de Ayacara se basa en la pesca, una cuota permitida por la autoridad de $300 mil pesos como máximo que, en términos de recursos, hace imposible una convivencia entre naturaleza y extracción. Pese al mal augurio, el turismo se asoma como un apoyo sustentable que podría beneficiar notablemente a la región. La península es un paraíso de bosques de alerces milenarios, lagos, ríos y cascadas. Con un poco de ayuda de la autoridad, la instalación de oficinas de servicios públicos, y el incentivo turístico por parte del Estado sería, sin duda, una alternativa eficiente al minuto de reubicar la ciudad. Lo cierto es que poco se sabe en concreto de cuál será el destino de Chaitén y sus habitantes, aún no se ha ventilado sobre si será realmente necesario refundar la capital de la provincia, ni cual será la acción del Gobierno en esa materia. Tampoco si la opinión de los chaiteninos tendrá peso al momento de la decisión. Pase lo que pase, el regreso o reubicación de Chaitén es algo que sólo el volcán puede responder.
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