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| Sergio González Serey |
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| Escrito por Cristóbal Venegas Tassara | |||||
| jueves, 24 de abril de 2008 | |||||
![]() A inicios de la década de los 80’ el pintor y dibujante Sergio González recibía el segundo premio en arte otorgado por la Universidad de Concepción. Vestido de una imponente personalidad subió al escenario e hizo pedazos el suculento cheque para luego acercarse al jurado y orinarlo en protesta a lo que consideraba un arreglo, al no obtener el primer lugar. Desde entonces su notable irreverencia lo ha caracterizado como un personaje alejado del rito mediático, temido por sus pares y admirado por quienes consideran la pintura un oficio marginal. Su llegada al arte fue una década antes y por definición azarosa. Al momento de zanjar cual sería su profesión, optó por agricultura, veterinaria y otras disciplinas alejadas de la tela y el pincel. En última instancia se quedó con Bellas Artes, por la facilidad para el dibujo que desarrolló desde niño. Sin vocación definida se lanzó a explorar el arte desde una mirada siempre crítica, explorando el dolor en todas sus formas, ironizando con la política aplicada durante años de represión y enfocándose en temas que guían su pintura hasta hoy: el desnudo femenino y el sexo. Siempre de la mano del sufrimiento, González nos transporta a viajes ancestrales por la historia de nuestro país y su cultura. Desde militares a poetas y mujeres faltas de pudor, hasta su último trabajo inspirado en la cultura indígena. Así llegó a los Onas, cultura ancestral de nuestra patagonia, de la cual descubrió habilidades únicas y admirables, como sus técnicas de caza, pintura de cuerpos, y particulares fiestas sexuales, que duraban hasta cinco días y que consistían en encerrar a la mujer más linda del poblado para mantener relaciones con toda la población. Esta última característica influye, sin duda, en sus trazos, el sexo como leit motive que se resume en una suerte de amor y odio por lo femenino, el encanto por la mujer y el mostrarlas tal cual son, vulnerables en su desnudez, sugiriendo sexo y agrediendo de forma conciente al espectador. Golpear y remover conciencias es objeto definido dentro de su obra, que nace por desquite de la vida y todo lo que no le gusta, la disconformidad, y esa lucha permanente del arte como respuesta a los vicios de la sociedad. Nada es coincidencia, González se perfila como el autor ermitaño que no se impregna de los círculos de artistas, que no va a exposiciones ni nada similar, no quiere mezclarse. Enemigo de lo siútico desprecia al esnob, y a los que se consideran artistas por el sólo hecho de trazar algunas líneas sobre la tela. La rebeldía nace de la observación y la exploración por distintas realidades y recorre por completo la línea social. Sus exposiciones por tanto, pasean por poblaciones y museos a vista de todos, escandalizando a más de algún amante del decoro. Autoproclamado como un antojadizo, no tiene definiciones personales de arte, y considera que la característica principal de un creador es sufrir algún tipo de trastoque metal, “no hay tipos normales que hagan arte, el pintor que se enfrenta a la tela, afronta no sólo un espacio en blanco, sino a miles de problemas y amarguras, definitivamente no se pasa bien pintando” confiesa. Una ambivalencia que no sabe interpretar del todo, pero que, sin embargo, lo dejan ante el mundo como un artista independiente y provocativo, que captura las miradas de críticos incluso a nivel internacional, que comparan su obra con la del pintor Claudio Bravo. Pese a los elogios, se define como un aprendiz de artista, “ya soy pintor y dibujante, pero aún me falta para ser artista, eso requiere una tarea notable”. La humildad nace en que aún no se atreve a jugar con los colores y a su juicio descubrir lo que los grandes artistas descubren, como la textura de la piel, el brillo de un ojo y el color realista de la pintura de artistas que admira como Pedro Pablo Rubens; “uno simplemente es un pintor, para alcanzar el grado de artista debería pintar 400 años más”. Para observar su obra tendremos que esperar hasta el próximo año, cuando la colección de los Onas esté terminada para su exposición, la que estará enfocada al espectáculo, “la idea es hacer un show grande con grupos de baile, sonidos autóctonos del pueblo y de tierra del fuego”.
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Su llegada al arte fue una década antes y por definición azarosa. Al momento de zanjar cual sería su profesión, optó por agricultura, veterinaria y otras disciplinas alejadas de la tela y el pincel. En última instancia se quedó con Bellas Artes, por la facilidad para el dibujo que desarrolló desde niño.
Golpear y remover conciencias es objeto definido dentro de su obra, que nace por desquite de la vida y todo lo que no le gusta, la disconformidad, y esa lucha permanente del arte como respuesta a los vicios de la sociedad. Nada es coincidencia, González se perfila como el autor ermitaño
La humildad nace en que aún no se atreve a jugar con los colores y a su juicio descubrir lo que los grandes artistas descubren, como la textura de la piel, el brillo de un ojo y el color realista de la pintura de artistas que admira como Pedro Pablo Rubens; “uno simplemente es un pintor, para alcanzar el grado de artista debería pintar 400 años más”. 





